… In culpa est 6

Clavería Laguarda, Carlos, Los correctores: tipos duros en imprentas antiguas

Podrán leer aquí anécdotas sobre la vida en las imprentas y en las mesas de algunos autores, observar pareceres diversos y reír las noticias de libros imposibles, reflexionar sobre horarios de trabajo masacrantes y sobre operarios que atacan y operarios que acatan, aprender escuchando a estudiosos que se niegan a mancharse las manos con la tinta y a autores que no saben sacar las manos de la forma, soportar a editores que mienten como bellacos para vender como mercancía nueva lo que es un refrito impío. La frase «compra este libro porque está bien corregido» era —en teoría— una redundancia inútil, pues aunque el libro impreso fuera un objeto joven, la lectura en papel o en pergamino era práctica vieja y la nueva arte tipográfica no tenía por qué llevar incrustado el amor por las obras deturpadas o un cambio en el gusto de los lectores por lo que respecta a la depravación (textual). La errata, mientras se mantiene en el nivel de la entelequia, es un accidente dizque (in) evitable y por eso (im)perdonable. Cuando se hace cuerpo y habita entre nosotros es capaz, como la envidia, de crear enemigos encarnizados; más si de errata sube de categoría para ser considerada error. Para que exista una errata debe haber un modelo que quebrar (quevrar), para que un error sea relevante (cazo contra cazzo) ha de ser puesto en relación con el canon textual que parece desvirtuar y con la tradición que lo crea. Un autor que manoseó infinidad de textos y que se declaraba vago sin excusas a la hora de corregir sus libros escribió: «No les sea permitido a los correctores añadir nada suyo a mis obras, que se limiten a corregir las erratas hijas de la incuria del tipógrafo o de la mía, estas si son evidentes, y que lo hagan con pocas palabras tras haber parlamentado entre ellos».